¿PUEDO SER CORRUPTO? ¡ELIJO SER ÍNTEGRO!

En general, cuando hablamos de corrupción usualmente lo asociamos a conductas realizadas por servidores públicos, a quienes desempeñan tareas relacionadas con la política o cargos de elección popular, o a personas con muy altos ingresos económicos; así que si consideramos no encajar en ninguno de estos criterios, la corrupción no es un asunto que nos involucre … excepto si es para quejarnos por los daños que causa. ¿Se siente identificado?

Pues bien, la corrupción es un asunto que nos compete a todos, no sólo porque nos afecta sino porque por acción u omisión podemos estar implicados en un acto de estos. Cómo, ¿yo puedo ser corrupto? Sí, definitivamente. Y esto debido al desconocimiento de lo que la corrupción implica.

Veamos: ¿Qué es la corrupción? Para comenzar la corrupción es un fenómeno; es decir, no sólo se limita a cuando “se roban los recursos públicos”, ni tampoco a una sola conducta. No encontrará un delito específico que la contemple; si busca en el Código Penal (por ejemplo), no hallará un artículo que diga “El que cometiere corrupción …. Incurrirá en pena de …”. ¿Y entonces? Entonces podemos decir, en términos generales, que la corrupción es todo abuso del poder derivado de la posición que se ocupa para obtener un beneficio particular y por fuera de ésta.

Ah! pero yo no tengo poder! No es cierto. Cada uno de nosotros, independientemente del cargo, labor o escenario en que nos desempeñemos tenemos poder, que este sea en mayor o menor grado es otra cosa, pero todos lo tenemos. Piense en el suyo.

Quizá usted es el gerente de una empresa y para obtener una licencia paga para agilizar el trámite. O quizá usted es el jefe de personal y promueve a aquel que le hace o le acepta una invitación. O es una secretaria que decide cuáles documentos pone en conocimiento de su jefe o define el tiempo de un trámite dependiendo de si recibe o no un incentivo externo. O es un estudiante y quiere pasar la materia ofreciendo un regalo al profesor … En fin, el punto es: todos tenemos un poder y en consecuencia la obligación de ejercerlo de forma responsable.

Los actos más comunes de corrupción son el soborno (cuando ofrezco dinero, regalos, prebendas, favores para obtener algo de alguien; para que viole su obligación) y la extorsión (cuando soy presionado para entregar algo y lograr así una decisión o actuación en mi favor; para que ese tercero cumpla su obligación). Si en los actos mencionados está involucrado un empleado público, serán cohecho y concusión, respectivamente, y su sanción será más grave.

Pero estas no son las únicas conductas, el fenómeno de la corrupción, de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, va desde el soborno en los sectores público y privado hasta la obstrucción de la justicia, pasando por el tráfico de influencias, el abuso de funciones, el enriquecimiento ilícito y el lavado de activos, entre otros. Y se puede ser sancionado por participar como autor, coautor, cómplice o encubridor.

En este punto, se puede observar que la corrupción no es entonces ni exclusiva de los servidores públicos, ni de los altos cargos, ni se limita al soborno. De ahí la relevancia de identificar en cada entidad cuál es su mapa de riesgos particular para establecer las medidas preventivas y correctivas necesarias; pues su ocurrencia conlleva consecuencias legales, económicas y reputacionales, sumado a los impactos sociales y vulneraciones de derechos en la comunidad en su conjunto. Además es indispensable fomentar una cultura de transparencia y legalidad.

Ahora bien, abstenerse de cometer un acto corrupto no debe ser resultado de la disuasión generada por las consecuencias de la sanción. Por el contrario, debe responder a un comportamiento racional, consciente y sobre todo ético enfocado en el bien común y que contribuya a la transformación de los (anti) valores de la sociedad. Más allá de lo contemplado en las normas, la tarea anticorrupción debe convertirse en una tarea de construcción cultural en la que se superen las ansias por el tener, el poder y el placer que dominan los intereses del ser humano y se vuelva al origen, a la persona, al uno a uno que conforma un todo. En definitiva la sociedad requiere de coherencia, de hacer realidad esa premisa presente en diferentes culturas: todo lo que queremos para nosotros, hagámoslo a los demás. Esto es lo que lleva a elegir el camino hacia la integridad.

Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen las ideas, posición ni visión de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.

 

 

 

Dilia Paola Gómez Patiño

Abogada  Cum Laude de la Universidad Militar Nueva Granada